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Me dirijo a la Consejería de Educación de Canarias como docente con más de once años de experiencia en el aula, movida por una mezcla de frustración, cansancio y profunda preocupación por el rumbo que está tomando nuestro sistema educativo canario.
Durante más de una década he tenido la oportunidad y también la carga de vivir de cerca la realidad de las aulas: una realidad que, lamentablemente, dista mucho de lo que los documentos oficiales, los planes estratégicos y las normativas describen. Sobre el papel, el sistema educativo nacional es un ejemplo de inclusión, equidad y calidad. En la práctica, sin embargo, quienes trabajamos día a día en las aulas sabemos que esos principios se quedan, muchas veces, en meras intenciones o solos escritos en papel.
Cada curso,nos enfrentamos a aulas más heterogéneas, con un alumnado que presenta una diversidad creciente en todos los sentidos: social, cultural, emocional y cognitiva. Esta diversidad, lejos de ser un problema, es una riqueza. Pero para poder atenderla adecuadamente se necesitan recursos humanos suficientes, y ahí radica el mayor de nuestros déficits.
El número de especialistas en Pedagogía Terapéutica, Audición y Lenguaje, Orientación y apoyo emocional es claramente insuficiente. En demasiados centros, una sola persona debe atender a decenas de casos de alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo (NEAE), lo que hace imposible ofrecer la atención individualizada y de calidad que cada uno y cada una merece. Nos piden inclusión, pero no nos dan las manos ni el tiempo para hacerla posible.
A esto se suma la sobrecarga burocrática, las ratios elevadas, la falta de sustituciones ágiles y la presión constante por cumplir objetivos curriculares que, muchas veces, no se ajustan a la realidad de nuestro alumnado. Todo ello, genera en el profesorado un sentimiento creciente de impotencia y agotamiento, que impacta inevitablemente en nuestra salud emocional y en la calidad de la enseñanza.
No se trata de falta de vocación. Al contrario: la mayoría de quienes seguimos aquí lo hacemos por compromiso, por amor a la educación y por respeto a nuestro alumnado. Pero el compromiso individual no puede seguir siendo el parche de un sistema que necesita cambios estructurales profundos.
Por ello, demando en nombre propio y en el de tanto profesorado que comparte esta situación una revisión realista y urgente de los recursos humanos del sistema educativo. La educación inclusiva no puede construirse sobre el esfuerzo titánico de unas pocas personas. Necesitamos equipos completos, estables y coordinados que hagan posible lo que los principios educativos prometen. Porque la educación se sostiene con personas, no en los documentos.
Atentamente,
Docente de Secundaria y Bachillerato.
Créditos imagen: Freepik
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